La exposición del Centro Cultural Metropolitano de Quito, titulada "Desmarcados : indigenismos, arte y política", concluirá a inicios de mayo.
No hay que perdérsela.
El cuidado interdisciplinar del riguroso equipo de curadoras compuesto por María Elena Bedoya, Lucía Durán, Pilar Estrada, Alexandra Kennedy y Trinidad Pérez, permite observar lo que fue este movimiento.
Las cinco salas en las que está distribuida la exposición –la quinta está en el Museo de la Ciudad– abren la reflexión.
Me interesa la dinámica del recorrido por las obras, donde predomina el trabajo pictórico y visual.
Ni qué decir que es revelador en Camilo Egas su alegría frente a los motivos indígenas que no son tratados como un escenario de atrocidades.
Destaco incluso un pequeño cuadro del maestro italiano Luigi Casadio, Madre india, de 1928, donde una madre cubierta por un manto amarillo carga a su pequeño hijo dormido, mientras ella gira la cabeza sonriendo.
También sonríen los contrastes de color con verdadero protagonismo plástico.
Su levedad temática y su tensión cromática lo hace perdurable.
Ubicar este cuadro de Casadio y los de Egas son contrapuntos necesarios.
La tendencia dominante del indigenismo prescindió de la sonrisa indígena, demasiado preocupada por denunciar a riesgo de anular también, paradójicamente, esa dimensión cotidiana del humor.
Las formas exacerbadas del indigenismo borraron de los rostros indígenas muchas de sus mejores partes.
Recorriendo la exposición, en especial el tramo de los pintores canónicos del indigenismo –con cuadros de Kingman, Diógenes Paredes, Guayasamín, entre otros– queda una sensación muy marcada de época y el grado de instrumentalización artística del movimiento.
Como si se le pidiera al espectador colocarse los anteojos meritorios de una lucha política para dejar pasar los maniqueísmos evidentes.
Solo que el talento, cuando este existe, puede ir por encima del artista, a pesar de él mismo.
O la técnica : las fotografías de la exposición no han envejecido.
Muy llamativo es el contraste de dos grandes cuadros en la segunda sala.
Uno es La huelga, de Guayasamín, de 1942, donde una mujer levanta el cuerpo de un hombre al lado de un herido y un muerto.
En una esquina, se asoman las.